LA NUBE Y EL ÁRBOL

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Había una vez un árbol que veía como pasaba el tiempo y sus hojas caían formando un colchón café cada vez más alto, sus raíces buscaban todo el tiempo agua para alimentar a las ramas que quedaban, pero la temporada era muy seca y el sol se negaba a bajar la temperatura a pesar de las súplicas del árbol.

-Es la Ley Natural amigo árbol, nada personal.

En eso, una de las ramas más altas alcanzó a ver una nube cargada de agua que se acercaba entregando agua en su camino.

-¡Nos salvamos!

El sol nuevamente dijo:

-Es la Ley Natural, te lo dije. Es cuestión de paciencia siempre.

Algunas ramas bajas, muy jóvenes, se quejaban todo el tiempo por la sed y el calor que hacía, siempre miraban las hojas que iban cayendo dejándolas desnudas y feas. Las raíces les decían que no se quejaran tanto que ya llegaría la nube con la lluvia, pero, ellas seguían quejándose.

Finalmente llegó la nube y todas las ramas cantaron alegres mientras el agua caía y seguía cayendo, y seguía cayendo hasta que inundó la base y las raíces perdieron tierra corriendo el riesgo de perder fuerza para sostener al árbol.

-¡No más lluvia amiga nube, por favor no más! Vamos a caer, dijeron asustadas las ramas en coro.

La nube sonrió diciendo:

-Es la Ley Natural amigo árbol, nada personal.

Un viento que pasaba por allí, escuchó la conversación y le pidió a la nube permiso para moverla un poco, las ramas agradecieron y bailaron ruidosamente al tiempo elevando una canción de agradecimiento al amigo viento.

Finalmente, el tronco habló mientras la nube se movía y entregaba agua a otros árboles del bosque:

-La Ley Natural es sabia, la naturaleza nos da lo que necesitamos en la justa cantidad, pero la ceguera de la juventud nos hace pensar que lo que hoy nos pasa seguirá igual para siempre; todo cambia, todo fluye, todo es parte de un ciclo eterno de equilibrio y desequilibrio, alegría y tristezas, luz y oscuridad.

El miedo es una respuesta natural a lo desconocido, a eso que no entendemos y no podemos manejar, no podemos controlar. Nos hemos acostumbrado, o eso creemos, a estar en control de todo, nuestro tiempo con el reloj, nuestro dinero con el banco, nuestra vida familiar, nuestro negocio, pero, cuando perdemos ese control le pedimos a fuerzas superiores que nos ayuden que nos quiten esas cargas o nos den luz.

En ese proceso sufrimos, nos desgastamos como las hojas del cuento, gritamos al cielo que se detenga la lluvia o al sol para que no nos queme; nos enseñaron de pequeños que pedir ayuda era para débiles, que no saber manejar lo que está sucediendo era para otras personas pero no para nosotros, que tener miedo era malo.

Aceptar que no tenemos el control sobre todo, que lo que pasa en nuestras vidas muy pocas veces lo podemos controlar es el principio para entender que tener miedo no es malo, es una reacción natural de nuestra mente y nuestro cuerpo y esa sensación es la que nos pone sobre aviso para tomar decisiones o para no tomarlas, porque esperar a que el entorno nos dé señales también es una decisión.

No tenemos control sobre lo que pasa fuera de nosotros, solo podemos decidir sobre la forma en que responderemos cuando esto pase. Ahí está la magia, en entender que podemos reaccionar de una u otra forma ante una situación externa y que esa decisión que estamos tomando es en lo que debemos trabajar; pensar en diferentes escenarios, en cosas que pueden pasar y cómo voy a reaccionar, pero sobre todo debemos hacernos conscientes que todo es pasajero, todo pasará en algún momento y nuestra capacidad para aprender de esas situaciones complicadas es lo que nos dará herramientas para el futuro.

Texto escrito para el Banco W.

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